La otra cara de la moneda. Educación con el propietario

Me gusta preguntar a las personas que deciden formarse en educación canina el motivo que les llevó a tomar la decisión. Las respuestas son diversas, desde ver la mejora de su perro tras aplicar unas pautas hasta quién siente mucha curiosidad, pero todas tienen un denominador común: les encantan los perros.

Amar a los perros y querer mejorar su existencia formándose para ello es una buena base, si,si, ilusión y conocimientos son necesarios para poder disfrutar de nuestra pasión: los perros. Pero en nuestra profesión no solo tratamos con perros,  nos toca hacer entender a esa persona que lo da todo por su perro que quizá lo que está haciendo no es tan beneficioso para el perro como cree… y el trato con las personas no siempre resulta sencillo.

Si el trabajo de educador canino tiene una parte fácil sin duda es trabajar con perros. Tenemos claro cómo tratarlos, respetarlos, enseñarles, etc. Nos hemos formado para tener claro que son, como aprenden, sus necesidades, formas de comunicación, genética, etapas de desarrollo… y en la mayoría de los casos seguimos haciéndolo. La dificultad reside en nuestra  preparación ( o no ) para ser igual de empáticos, pacientes o tolerantes con las personas que conviven con ellos como lo somos con los perros.

Cuando alguien nos llama porque tiene un problema con su perro necesita que le ofrezcamos soluciones, que le ayudemos a resolver un conflicto sin crear otro. La persona que llama porque su perro protege un objeto, tiene algún miedo, algún comportamiento reactivo o simplemente quiere una obediencia necesita que en primer lugar la tengamos en cuenta como persona.

Independientemente de por qué llame la persona que convive con el perro, la ética y honestidad del educador canino tiene que ser IMPECABLE. Para ello nos ayudaremos con varios puntos.

EDUCACIÓN Y FORMACIÓN

En el proceso de educar transmitimos conocimientos y formas de actuar. La educación está presente en todas nuestras acciones (dentro y fuera de una clase o visita). A través de nuestros actos, reacciones y comentarios los propietarios aprenderán cómo comportarse con su perro o incluso pensarán como pueden comportarse a partir de este momento.

Los profesionales de la educación canina tenemos que ser conscientes en todo momento del peso que tienen nuestras palabras y nuestras acciones. Una mala palabra o un mal gesto hacia el perro o la persona acabaría con el trabajo que estamos haciendo (o queremos hacer) con ese perro.

La receta para poder actuar de forma adecuada y respetuosa delante de un perro contendría una buena base formativa en educación canina aliñada con empatía, comprensión y honestidad, sin olvidar que también tenemos que ser capaces de actuar de forma adecuada y respetuosa con las personas.

RESPETO Y COMPRENSIÓN

El trabajo del profesional de la educación canina es acompañar, no es juzgar a los propietarios ni etiquetar a los perros, esta parte no siempre es fácil en “nuestro mundo”, sin embargo, respetar es el paso imprescindible para obtener respeto. Cuando hablamos de forma despectiva de un cliente (aunque sea entre colegas) o colgamos a un perro una etiqueta (inseguro, miedoso, agresivo, etc.) estamos poniendo barreras y cerrándole puertas a ese perro.

Como educadores caninos comprendemos, justificamos y explicamos a las personas que conviven con ellos el porque de ciertos comportamientos “no deseados”, ahora bien, tenemos que ser conscientes que las personas que deciden convivir con perros no pretenden que sus perros tengan carencias, problemas para gestionar situaciones, etc. Por lo general quieren lo mejor para su perro, y a veces eso que creen mejor es parte fundamental del “comportamiento no deseado” de su perro. Tenemos que comprender sus esfuerzos y valorar su interés  por cambiar la situación.

ADAPTACIÓN Y EMPATÍA

Cada perro es único, cada persona también. No podemos ofrecer soluciones (o prohibiciones) estándar, ni siquiera en casos con problemas extremadamente parecidos. Como profesionales tenemos que adaptarnos a cada perro y a las circunstancias personales de quién convive con el perro, siendo flexibles y capaces de reajustar las pautas o tratamientos.

Encontraremos perros y personas con distintos perfiles, necesidades, habilidades, forma física, etc. Considerar a ambos y ser capaces de ponernos en su situación nos facilitará el trabajo,  ayudará a que el tratamiento sea más eficaz facilitará el aprendizaje mutuo.

APRENDIZAJE Y ENSEÑANZA

Parte de nuestro trabajo con los perros es aprender, observar, ser sensibles a sus cambios, comportamientos, conocer lo que les gusta (o disgusta) con el fin de lograr una buena convivencia. No podemos obviar la importancia de realizar el mismo ejercicio con los propietarios. Todas las personas, al igual que todos los perros, tienen mucho que enseñarnos.

Cuando la pretensión es enseñar no podemos dejar de aprender. Aprender más sobre educación, comunicación, emociones… caninas y no caninas.

BIENESTAR Y CONFIANZA

Las pautas o tratamiento para modificar conductas tienen que ser respetuosas y no causar dolor, incomodidad o miedo a los perros ¡pero tampoco a las personas! No podemos pedirle a la persona que vive con un perro que haga algo que le cause miedo o inseguridad. El bienestar de perros y personas primará ante cualquier exigencia por nuestra parte.

Los profesionales de la educación formamos a los propietarios sobre sus compañeros perros. El aprendizaje de la persona que convive con perros será más fácil si siente que puede compartir dudas, temores, vergüenzas o anécdotas con el educador. Juicios, etiquetas y demás faltas de respeto no ayudan a aumentar la confianza.  Los profesionales de la educación tenemos que poder ofrecer educación.

SINCERIDAD Y HONESTIDAD

El primer punto para poder ayudar a un perro es la sinceridad con nosotros mismos. No ayudamos al perro si fingimos ser quien no somos o tener conocimientos que no tenemos.  Ser sincero dista de ser maleducado o etiquetar a un perro o propietario. La sinceridad nuestra, la personal, tener conciencia real de lo que sabemos y lo que podemos ofrecer, sin entrar en juicios, prejuicios o brusquedades verbales.

Parte importante de nuestro trabajo es ayudar o formar a los propietarios, para ello necesitamos aplicar con las personas todos los conocimientos y respeto  que aplicamos con los perros.

Es labor del educador canino: Mejorar la convivencia y reparar vínculos, ser educado y respetuoso, saber a quién educas (al propietario) y a quién tratas (al perro), dar explicaciones y formación correcta de forma profesional.

Cuando alguien llama y solicita los servicios de un profesional de la educación canina nos encontraremos ante un problema de convivencia, un cumulo de malentendidos, un enfrentamiento constante entre perro y propietario… un vínculo roto que tenemos que ayudar a reparar en primer lugar. A medida que la relación entre ellos mejora los problemas tienden a desaparecer.

Como profesional de la educación canina prefiero ser lo más invisible posible en esa familia, prefiero que el peso del éxito recaiga en perro y en su compañero humano, que puedan disfrutar de sus esfuerzos y aprendizaje, de reencontrarse, conocerse, respetarse… Mi éxito y reconocimiento es saber que avanzan juntos, sin problemas y necesitándome cada vez menos.

Cinta Marí, 2014

Publicado en REC+ 18

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